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Memorias de un falsificador...

Roberto Fleischer Haro / rfleischer_44@hotmail.com

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MEMORIAS DE UN FALSIFICADOR

Considerando la lectura policiaca apasionante y verídica, a partir de hoy tomaremos temas de antaño relacionados con el mismo quehacer de la seguridad pública espero les guste; el interés, desintoxicarnos un poco de la inseguridad en que vivimos.

En un emocionante relato lleno de aventuras, el que fuera un gran falsificador de billetes, un gran artista del dibujo, narra su propia historia.

Alfredo Héctor Donadieu, el joven Francés nacido en 1900, en Marsella, explotó, sus enormes virtudes como dibujante, poniéndolas al servicio de la falsificación, la cual le trajo dinero fácil, viajes y lujos que, en etapas cíclicas, aparecían y desaparecían dejando entre cada uno de ellos una vida a salto de mata, de viajes sin fin, de cambios de nombre, de huidas azarosas.

En una de tantas, Alfredo Héctor Donadieu llegó a México bajo el nombre de Enrique de Sampietro.

Antes de llegar a ser Enrique de Sampietro, nombre que le tocó sólo en su última etapa, el fraudeador se llamó Adrián Dreesky; André Alfred de Villa, Henry Alfred Rey; Adrián Harles Delmont y tantos otros nombres que le sirvieron a Donadieu o Sampietro para salvar su vida y continuar, de nueva cuenta, en el mundo del delito, del que nunca pudo zafarse.

Bajo esos nombres falsos, recorrió una buena parte del mundo, más por necesidad de huir de la policía que por amor a los viajes.

 Así conoció parte de África, estuvo en Egipto, Suiza, Bélgica, Alemania, España, Portugal, Venezuela, Panamá, Cuba y finalmente México, en donde fue aprehendido por quien en los años 40 fue considerado el gran Detective: Alfonso Frías, un investigador que poco tiempo antes de hacerse cargo de la detención de Sampietro llevó el caso con éxito de la persecución y captura de los secuestradores y homicidas del Empresario Francisco Javier Silva.

Frías fue para Sampietro como una sombra; no cesó de perseguirlo hasta que lo envió a Lecumberri , allí Sampietro, dispuesto siempre a jugarse la vida con tal de conquistar la libertad, aceptó hacer trato con uno de los autores intelectuales de la muerte de Álvaro Obregón, el sacerdote Jiménez, quien en su momento había bendecido la pistola con que León Toral asesinó al General Obregón, Jiménez le ofreció a Sampietro la libertad, a cambio de falsificación de billetes, transacción que acepto Sampietro.

Una vez en la calle, Sampietro se escondió en innumerables sitios dentro del País; su perseguidor y captor fue Don Alfonso Quiroz Cuarón. Siete años trató don Alfonso en dar con este artista de la falsificación y de la huida. Finalmente entró a prisión en la que purgó su condena total y, en 1961, ya libre, fue expulsado del País.

En esos años en que purgó su condena, Sampietro-Donadieu se hizo amigo de don Alfonso Quiroz Cuarón, éste descubrió en el artista una gran capacidad de lucidez y una excelente memoria y lo instó para que escribiera sus vivencias. Así fue como en la cárcel nació el libro Sampietro: “Memorias de un Falsificador”.

El libro es ameno de principio a fin, uno quisiera abandonarlo hasta no leer la última página. En todos sus capítulos Donadieu deja ver a un hombre amante de la emoción: Dispuesto arriesgar la vida y la seguridad: solitario, inteligente, amante de la buena vida, y, a la vez, arrepentido por sus faltas, amigo leal, tierno, caballeroso, solidario. Escrito en primera  persona, el libro resulta una novela de aventuras a la vez que una confesión de vida.

Todas las partes de estas memorias son emocionantes y conmovedoras, pero hay un pasaje que lo es aún más: el polígono el que se consigna que, algunos años después de libertad Sampietro y vuelto a su tierra natal, Marsella, el Doctor Alfonso Quiroz Cuarón viajó a Europa y buscó al ex delincuente.

Fue a casa de su familia: dejo un recado con la hermana para que Sampietro lo buscara en el Hotel donde se hospedaba. Al encontrarse Quiroz con Donadieu, éste le dijo: “La libertad, en mis condiciones, duele”.

Sampietro había dejado el dibujo, y vivía de pintar coches con pistola de aire, al preguntarle Quiroz Cuarón por que no volvía al dibujo; aquel le dijo: “primero, porque la policía Francesa, como usted sabe, me tiene fichado y no me deja realizar ningún trabajo de este tipo: y, segundo porque habré sido un artista en México, pero aquí solo soy uno de tantos…

Tomado de la Revista “Policía Internacional”

 
 
 
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