Hace mucho, pero mucho tiempo, cuando mi padre solía contarme historias que entonces parecían bizarras y que hoy, a la luz del Plan Sonora Proyecta y el Plan Sonora Sí, palidecen de pena, escuché el relato de una disputa entre vecinos, resuelta de la manera más inesperada.
Sirva aquél relato para ilustrar el destino de la escaramuza que ahora protagonizan los agrotitantes de Cajeme y los agrotitanes de Hermosillo, por el control, la administración y el usufructo de un recurso natural como es el agua, considerado globalmente como un asunto de seguridad nacional.
Y como un negocio que arroja ganancias millonarias.
Resulta que dos vecinos de aquellos bucólicos paisajes del Sonora viejo, donde prevalecían principios de confianza y buena vecindad para resolver litigios relativos al bien común, tuvieron una disputa.
Uno de ellos sembró en su patio unas semillas de calabaza. Lo hizo muy cerca de las tres líneas de alambre de púas que delimitaban los ‘solares’ de cada quien.
La buena voluntad de los alambres de púas, prueba que de endenantes, la confianza mutua es el motor del desarrollo económico (je).
Y sucedió lo que tenía que suceder. La planta creció y extendió sus ‘guías’ a ras de suelo, sin importarle los límites que los hombres habían puesto.
Como era de esperarse, la planta dio frutos. Una calabaza preciosa comenzó a crecer, con sus gajos anaranjados, firmes y suculentos, en una de las ‘guías’ que para efectos de esta historia, pasó debajo de la cerca que delimitaba los ‘solares’, y parió en el patio del vecino su maravilloso fruto.
El vecino, obviamente, esperó el tiempo necesario para que la calabaza estuviera madura, la cortó, la partió en gajos que luego dividió en porciones más pequeñas y acomodó en una vaporera junto a varias piezas de panocha y un poco de agua, y la dejó sufrir a fuego lento.
Lo que salió de la vaporera después de un par de horas, fue una delicia, hasta que les cayó un Agente del Ministerio Público, con un citatorio para que se presentaran a declarar en relación al robo de una calabaza.
Una vez ante la actoridá, las partes dieron sus razones.
El vecino que sembró la calabaza argumentaba que los frutos de la planta eran suyos, porque él la había sembrado. El vecino que se la comió, argumentaba que el fruto creció en su patio y que por lo tanto, tenía sobre él todos los derechos, incluso, el de batirlo con leche fresca en las mañanas para el desayuno.
El juez, circunspecto como todo juez que se respete, estudió el caso, y después de un análisis a conciencia que no duró más de tres segundos, resolvió que la calabaza era propiedad del vecino que se la comió, y no del que la había sembrado. Luego entonces, no había delito que perseguir.
Pero entonces, el vecino que sembró la calabaza apeló el fallo con una memorable pregunta, que a continuación reproduzco:
“… A ver, señor Juez, digamos que yo le meto el dedo en el culo, ¿el dedo es mío, o es suyo?’.
La jurisprudencia de este caso no está registrada en los anales de la historia oficial, pero dicen los que lo vieron, que el juez decretó un receso que coincidió con su periodo vacacional, para el que ya tenía planes: un crucero por el Caribe, mínimo.
Y no se volvió a saber de él.
Así las cosas, hay a quienes conviene que el debate sobre el agua se pierda en una disputa cuya resolución dependa de un “acto de autoridad” en el que finalmente, el dueño del dedo termine metiéndolo en la parte más salva de todos los sonorenses, independientemente de que se resuelva o no el problema original.
Es decir, el Sonora Sí quizá no resuelva los problemas de abasto de agua, pero en vía de mientras, ya resolvió los problemas de algunos publicistas, mercadólogos y dueños de medios de comunicación, mediante una campaña verdaderamente intensiva en prensa, radio, televisión e internet, cuyo costo millonario ya estamos pagando todos, porque eso sí, a la hora de apoquinar con los impuestos, el Nuevo Sonora, en un alarde de inclusión, no discrimina a nadie.
De los 11 mil 246 millones de pesos que vendría costando el Sí más caro del mundo, ya se han ejercido, según cálculos conservadores, unos 200 millones de pesos en esa abrumadora campaña que ya hubiera querido el Chapo Bours para una de sus cabalgatas.
La producción y difusión de los mensajes que pretenden convencernos de la viabilidad técnica y financiera, así como de la sustentabilidad del proyecto sexenal de Guillermo Padrés está costando una fortuna y se está pagando con dinero público, lo que significa que en vía de mientras y en lo que convencen a los agrotitanes del sur, ya pasaron a perjudicarnos al resto de los sonorenses.
En resumen, para ser nuevo, este Sonora se parece mucho al viejo.
Y si no, veamos
Parte central del convencimiento oficial radica en alimentar el encono norte-sur. Las imágenes de El Novillo vertiendo sus demasías son una bellísima postal para afianzar la idea en Hermosillo, de que los cajemenses, además de vivir en la abundancia acuática, son unos pinches cavilosos (vaya término) y no le quieren dar agua a los hermosillenses.
Con un día y medio de desfogue en la presa El Novillo, se podría alimentar durante todo un año a la ciudad de Hermosillo, argumentan incesantemente los propagandistas oficiales, echando a volar sus proyecciones aritméticas, siempre tan ajenas a los caprichos de la naturaleza, especialmente en estos días de calentamiento global y cambio climático.
Y todo este debate constituye, al final del día, una gran cortina de humo tras la cual se esconde la intención de privatizar el agua, dejando en manos de los grandes capitales la administración del recurso, con lo que entonces sí, no habría más opción para los sonorenses, que consolarse tratando de encontrar respuesta a la gran pregunta: ¿De quién es el dedo?